Son muchos los desamores con los que podemos tropezar a lo largo de nuestra vida y todos, vengan de donde vengan, harán temblar de alguna forma los cimientos en los que nos sustentamos. Pero los más sangrientos, los que nos pueden derribar, son aquellos que nunca no llegan a entender. El amor no necesita comprensión, cuando llega reina, se acepta sin más, forma parte de nosotras y nos fortalece con alegría y la felicidad. Es el mejor material que se puede hacer servir para construir las células y las mentes de los niños, y a partir de allí ir elevando el edificio personal, con solidez, con seguridad. En cambio cuesta mucho comprender el desamor, por esto, una vez se ha instalado a nuestro lado, como un demonio ajeno a nuestra naturaleza, le damos vueltas y vueltas en la centrifugadora de nuestro cerebro para adivinar qué es lo que ha pasado.

Nos inventamos historias diversas para hacer encajar aquello que no acepta nuestro corazón, hasta llegar, inevitablemente, a cuestionarnos qué es lo que hemos hecho mal y comenzar a rodar por la pendiente de la culpa y la tristeza. Los furibundos efectos del desamor sólo pueden combatirse con amor, lo que tu te tengas a ti misma o, si no es suficiente, lo que te encomiende alguna otra persona. Es una verdadera lucha de poder, nos jugamos mucho porque solo uno de los dos ganará, y el que gane será invencible.

 

Un ejemplo. Eres una niña y comienzas a percibir que alguna cosa no va bien con tu madre, que tu no dudas que te quiere, ni te lo planteas, pero te dice cosas que tu no dirías nunca a ninguna de tus muñecas. Primero, haciendo broma: que tu no eres hija nuestra, que eres hija de una gitana que te abandonó en un descampado y te sacamos de la boca de un perro. Una broma que, de tanto repetirla, te la llegas a creer hasta el punto de levantar la mano en la escuela cuando la profesora pregunta cuantas niñas de la clase pensáis que sois adoptadas.

Después, enfadándose por tus buenas notas, y no queriendo escuchar hablar de la fotosíntesis ni de los animales hermafroditas. Pero, qué te has creído?, creída!, que esto es lo que eres, siempre presumiendo de conocimientos. Y lo mas terrible, cuando llegas a la adolescencia y no quieres ver aparecer ninguna evidencia de tu juventud: pelo cortado al cero, nada de vestidos bonitos, nada de comprar sujetadores, nada de salir y pasártelo bien, aquella única amiga que tienes es muy mala; y tu, descastada y antipática como tu padre. Y el padre que llega tarde por la noche, cansado, y a quien no puedes explicarle nada, y que tampoco sabrías como. Y creces creyendo que esto es una familia y que aquello que os une es el amor, que el que pasa es que ella tiene muchos problemas y muy importantes.

Hasta que un día, la abuela, que es la madre del padre, que no vive con vosotros, y a la que veis solo durante las vacaciones de verano, en oírla hablar mal de ti, delante tuyo, que ya estás desecha del todo y no puedes ni levantar la mirada, la hace callar, le dice que ya está bien, que no puede dormir pensando en lo mal que te trata. Y tu te sorprendes de ver que aquello que pensabas que no estaba bien hay alguien que ve que realmente estaba muy mal, y que cree que no te lo mereces, y que lo dice y que te defiende. Y a partir de aquel día, sabes para siempre más que la abuela te quiere, aunque sea la única persona que lo hace, y esto es suficiente para qué ya no te importe nada de lo que tu madre te reprocha y te resbalen sus malas palabras como hace la lluvia por tu impermeable. Tu ya has dejado de ser de tu estirpe, te has pasado al lado del enemigo, el de los que saben amar.

 

Y comienzas a amarte poco a poco, a dar la cara por ti, y este amor te convierte en rebelde. No aceptas lo que no te gusta, te quejas y protestas delante lo que consideras injusto. Se hace pesado, porque es demasiado a menudo, pero no quieres dejarlo pasar. Te dejas crecer las cabellos y aparecen bellísimos, y te niegas a cortarlos. Tu única amiga te presta sus vestidos cuando comienzas a salir con chicos. Te cambias en su casa, te pintas con sus pinturas, cuando se despide en la puerta, te dice que estás muy guapa. Des de entonces la sientes como tu hermana. Y así, con la ayuda de otras mujeres a las que sí quieres parecerte comienzas a hacerte fuerte, a creer en ti, a aceptar tus errores, a defender tus enfados, y poco a poco te haces indestructible. Y cuando nace tu hija, le pones el nombre de la abuela, y la amas como querías las muñecas, protegiéndola, diciéndole cosas bonitas, alegrándote de su belleza, de su alegría, gozando de como se va haciendo mayor. Y un día, te descubres feliz de ver como se parece cada vez más a la madre de tu padre y comprendes que finalmente ha ganado el amor, y que esto es el único que crece en tu interior.

 

Montse Polidura

Abogada, escritora, madre de dos hijos

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